Retórica – Roberto García de Mesa

Hoy tengo el agrado de presentar el poema «Retórica», escrito por el poeta español Roberto García de Mesa, cuya generosidad aprecio sinceramente. Les invito a visitar el blog del poeta, Los espacios intermedios, para conocer su amplia y diversa obra literaria, en la que encontrarán libros como Bestiario (2010), Oblivion (2009) Visiones desde el marco (2008) y Gravitaciones de una máscara (2008), entre otros. 

Retórica

Roberto García de Mesa

1

Antes de entrar quiso decir algo… Pensó que el tiempo se había detenido. Y quiso decir… Porque es extraño… Es extraño, pensó, que nada marque la hora. No sé. Me he olvidado de pintar los minutos y sus ecos… Y cada vez que guardo silencio doy un paseo por otros mundos. Y todas las incógnitas no hablan el mismo idioma. Y quiso decir que no hay un punto de vista. Tan solo una línea que conduce a otro espacio. Una línea direccional. Una línea de encajes, de huesos, de vacíos, donde todo el mundo dice lo que no dice. Por eso, no podía hablar. Y quiso decir, pero no lo hizo, realmente. Es extraño, pensó otra vez… Pensó otra vez. Es extraño que, al cruzar el umbral del olvido, aún conserve mi reloj, aunque ya no marque las horas.

2

A veces las metáforas sospechan de mí porque soy un recipiente preparado para la melancolía. Hay quien no cree en estas cosas. Lo entiendo. Pero es que la luz de mis manos va apagándose poco a poco. Y los minutos desesperan, se escuchan ya los murmullos del aire. La naturaleza prepara una gran conspiración. Lo sé. No hay nada mejor que ignorarlo todo. Lo sé. Pero este espacio que gobierna las luces y las sombras, a veces me dice cosas. Me dice que es difícil llegar a tiempo porque todo está perdido de antemano. Porque la línea huracanada, con la que pinto todos los días la imagen de mi vida, me ha marcado una dirección confusa. Y me siento un estúpido por ello. Lo sé, lo sé… Llegaré con las maletas deshechas, sin zapatos y con la camisa por fuera. Mi borrachera durará eternamente.

3

Una isla suele cerrar sus ojos con facilidad para ver los colores propios, la luz oscura, sus silenciosas palabras. Y, en ese estado de permanencia, la claridad se niega a sí misma. Una isla es libre para elegir. Pero ahora soy yo el que cierro los ojos agrietados por la oxidiana. Los hijos pagan los errores de sus padres. Aunque no es isla todo lo que parece isla. Los ojos. No. Los dientes. No. La boca. La arquitectura invisible de una idea. Las vocales. Por eso nace una isla. Nace una isla del lenguaje de otra isla. Y nace su tiempo, su corto tiempo azul. No hay insulares libres. Con ellos el viento provoca una respiración artificial. Y una isla devora a otra isla. Y no hay isla qué defender porque entre padre e hijo todo se perdona. Nos miramos los unos a los otros. Nos miramos simplemente. Nos miramos a través de colores ausentes de realidad. Sin viajes, ni esperanza, ni conflicto. Una isla muerta. Solo eso. Sin fantasía. Tan solo esgrimiendo un gesto imperial, un gesto que hace soplar todas las caracolas.

4

Sobre el momento de las cosas, tengo algo que decir… Y es que no encuentro ese momento. Lo olvidé dentro de un recipiente cerrado. Allí todos son exactamente iguales. Y si el tiempo transcurre, yo no vivo en él. Sólo repaso una escueta partitura que siempre se mira a sí misma, pero que no confiesa los pormenores de la desintegración… del tiempo, quiero decir. Mi improvisación se desnuda alegremente y sobrevive como si habitara un manifiesto o el filo de algo que no tiene nombre, pero que se encuentra en cada uno de nosotros. El tiempo es una fábrica de corcheas envueltas en un silencio ensordecedor que lo lastima todo. Yo quisiera ignorar este destino impreciso y degradante. Yo quisiera acercarme a un huerto y hundirme en la tierra fértil hasta morir de asfixia. O tal vez viajar a través del sonido oculto de las cosas. O tal vez buscar el silencio oculto de las cosas. O tal vez convertirme en otro espacio minucioso e inútil.

5

¿Cómo explicarle a Medea lo que es un Hamlet? ¿Cómo decirle ‘respira’ y pretender que no lo haga? Los espectadores desean un final trágico, un final. Sí, pero Medea continúa sin saber. Medea contra Hamlet. Dos superhéroes. La amante de Hamlet. La madre de Hamlet. Un final que decida sus propias palabras. Eso es todo. Un espacio vacío y una voz cristalina. Un espacio rodeado de agua por todas partes. Hamlet y Medea beben en silencio. Y mueren abrazados. Los ojos fuera de sus órbitas. Ojos para decir todo o nada… Los espectadores nadan ahora en el océano. Se deleitan con el tacto rocoso de la costa. Pero dos cuerpos han dejado de sonar. Sólo navega un silencio. Un silencio para observarse los unos a los otros. Un silencio visual o un falso silencio. Aquí finaliza la nueva épica. Varios telones azules caen sobre el agua, que se escurre por los huecos de la sala.

6

Andaba sobre un camino de clavos y llegué a una puerta antigua. Mis pies sangraban. La abrí y había un bosque muy espeso, cubierto de niebla. Apenas podía ver. Resbalé y caí cuesta abajo. Llegué a un lago. En él bebía agua una pantera blanca. Nadé hacia ella y lamió las heridas de mis pies. Luego, me condujo hasta un acantilado. Y allí desperté. Sudaba, pero hacía frío, mucho frío.

*

Delante de mí, estaba yo, mi otro yo. Nos mirábamos mutuamente, en silencio, inmóviles. En paz. De pronto empezó a caer una lluvia muy fina y mi doble se desvaneció. Entonces me quedé solo, mojado, mirando al infinito y sentí una gran alegría. Y así dejé que aquella lluvia también traspasara mi júbilo.

*

Un sueño de pájaros. Los escucho en la oscuridad. Enciendo una cerilla. Una corriente de aire se lleva mi cara. Y la luz.

*

Cruzo la calle corriendo, rápido, muy rápido. Mi corazón no puede más y me invade un temblor, un brote de asfixia. Me detengo en mitad de la carretera, agotado. Respiro forzadamente, como si quisiera vivir.

7

Empezaré diciendo que el teatro está lleno de sabandijas, de muertos vivientes. Y tú pensarás que la comedia purifica a los necios. Yo te diré que los hace más necios. No puedes pasar por alto que la crisis les ha dejado sin poesía: el hambre y esta maldita zona cero de cada uno, en la que nos olvidamos de nosotros mismos. Este lugar es la madre, la madre principal de todas las crisis. El teatro en una jaula, temeroso, siempre huyendo sin saber a dónde. Ya lo sabes. No iré a ninguna parte. Ni siquiera a esta mierda de espacio, a este diálogo de etiqueta que me insulta por dentro. Lo oigo siempre que te veo. Pensarás que al mirarte me has convencido y que es perfectamente inmoral lo que te digo, pero no estaré de acuerdo. Y cuando te vuelva a mirar a los ojos escucharé los sonidos más estúpidos que existen. Sí, porque tú eres el público y yo el poeta.

8

Un ojo gris se desnuda para decir que el principio de algo ha llegado a su conclusión. No es literatura, no. Es demagogia porque este ojo perjudica los contornos de las cosas. No es arte, no. Un horizonte funcional porque la mente se empeña en gritar desde el silencio. No es belleza, sino un punto con forma de hombre. Un cuerpo casi redondo. Un ojo que refleja el espacio gris de una hipótesis. La ciencia ha pretendido determinar el horizonte de esta mirada. Pero una flor casi sin pétalos, un contador de imágenes por segundo y una boca triste dialogan lentamente. Quien sobrevive a ello decide el aire que respira, decide su horizonte de silencios. Todo es redondo, entonces, como una flor compuesta de pétalos imaginarios. Una palabra tatuada sobre un ojo en crisis, a principios de un nuevo siglo.

9

Hay quien estudia el pasado de las letras. Hay quien me dice que las cosas fueron de todas las maneras posibles. A saber. No contiene un único color la tensión de cada palabra. Se discuten las definiciones, mientras las letras cambian de tonalidad. Ninguna tiene un aspecto fijo. Las combinaciones dependen del sonido, de las tensiones ocultas. Porque se alcanza la excelencia cuando se olvida lo aprendido. Hay que poner la mente para detrás y sentir de otra manera. Así se transmite la necesidad de olvidar. Así se miran las palabras. Una gama de colores es capaz de declarar una guerra. Y hay quien busca el modelo áureo, aquel que defina las transiciones de la letra, la curva, la línea absurda que envuelve una tradición. Una guerra es una sinfonía de colores. Un orgasmo es un espacio de guerra. Hay quien estudia el pasado de las ideologías. Y el pasado está marcado por el color de cada palabra… Retórica de un espacio, retórica de una forma de porvenir.

10

La luz que guía las voces de los muertos se ha enamorado de mí, de mi vigilia absurda. Soy incapaz de comprender mi pasado o mi futuro. Pero me presento tiritando en mitad del verano. En mitad de mi sombra. No hay calor que supere este frío. No hay luz que valga más que esta oscuridad. El viaje es inmenso, pero tan frágil como el crepitar de unas ascuas. Yo creo que mañana no estaré aquí. Me instalaré sobre mis océanos imaginarios. Daré rienda suelta a mi rutina de olvidar. Pereceré de nuevo. Y regresaré una vez más porque quise, y no porque me obligaron. No habitaré otro lugar porque estoy hecho de materia transparente. Daré rienda suelta a mis deformidades, a mi inútil ira contra los dioses y volveré a representar el papel encomendado. Puede que solo esta vez sonría un instante bajo la máscara. Fingiré estar dormido o que no me acuerdo o que he llegado al final. Fingiré por ti, madre.

11

Hay un silencio esta noche que bien vale el rumor de todos los silencios juntos. Y me pregunto si esto sirve para algo. Y si la luz oscura lo devora todo, por qué no abandonarme a ella. Si este minucioso espacio ha de comerme entero, que lo haga rápido, que me desmenuce en fragmentos irreconciliables y me sirva sobre una bandeja de plata. Estoy acostumbrado al fuego de las hogueras, aquellas que te amenazan dulcemente al anochecer. Puedo también pensar que la armonía se construyó para entenderse a uno mismo. Tantos restos me encogen los oídos. Pero me gusta escuchar el rumor de las estrellas cuando caen.

12

Porque el índice de las palabras proyecta una conclusión inesperada. Porque la vida sigue y las letras continúan trazando un movimiento a contraluz. Porque el que mira sin cerrar los ojos fracasa de momento. Y este es el instante descriptivo, donde no se traduce nada. En este momento se puede escuchar la respiración de un espacio no escrito. Y la confusión de los puntos de referencia presenta una escena que nunca termina: la elegía de uno mismo. Porque no hay ejercicio de habilidad que no contenga la ausencia, la negación positiva. Quien ejerce su derecho a respirar lo sabe. Quien observa el movimiento del mundo descubre que las palabras, cuando callan, pronuncian su único momento verdadero.

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