Para crear nuevos silencios – Patricia Rossi acerca de Alejandra Pizarnik

La semana pasada me enteré que la revista literaria  The Jivin’ Ladybug, publicará en abril el breve poemario Tree of Diana, una traducción al inglés de Árbol de Diana, escrito por Alejandra Pizarnik. Realizamos la traducción Patricia Rossi y yo, y forma parte de un manuscrito comprensivo de su poesía completa, en el que seguimos trabajando.

Anteayer recibí de Patricia su ensayo «Para crear nuevos silencios», en el que trata de la vida y obra de esta poetisa argentina, quien resulta demasiado neo-romántica para los surrealistas y demasiadao surrealista para los neo-románticos.

En su excelente ensayo, Patricia plantea algunas teorías sobre el proceso poético  de Pizarnik o, en sus propias palabras, sobre «la imperiosa necesidad de escribir para salvarse de sí misma y del mundo que la rodea, para establecer su origen y su identidad (como persona y como escritora), para vivir a través del lenguaje y morir por él». A mi parecer, la importancia de este trabajo crítico, que examina la amplia gama de su producción poética, radica en que nos recuerda cuán poca atención hemos prestado a Pizarnik, y cuánta celebración merece su obra.

Para crear nuevos silencios…

1

Alejandra Pizarnik nació en Buenos Aires el 29 de abril de 1936. En 1954 ingresó a la Facultad de Filosofía. Luego se decidió por la carrera de Letras y, poco después, por la de Periodismo, aunque no completó ninguna de las tres. También, en busca de un modo de expresión, comenzó a estudiar pintura en el taller del pintor Batlle Planas.

En 1955, a los 20 años publicó en Buenos Aires su primer poemario, La tierra más ajena, editado por Botella al Mar. Ya en esa época Alejandra presentaba algunos problemas físicos y emocionales: para combatir su tendencia a la obesidad, consumía enormes cantidades de anfetaminas (y alcohol), por lo que sufría largas noches de insomnio.

Entre 1960 y 1964 vivió en París. Allí tuvo una intensa actividad: trabajó en forma independiente para varias editoriales, escribió para la revista Cuadernos, tradujo obras de Antonin Artaud, Yves Bonnefoy, Henri Michaux. En la Sorbona estudió literatura francesa e historia de la religión. Entre sus amistades en París están Julio Cortázar y Octavio Paz, quien luego escribiría el prólogo de Árbol de Diana. Fue en París que escribió Extracción de la Piedra de la Locura, aunque esta obra se publicó en Buenos Aires muchos años después.

Ya en Buenos Aires, publicó varias obras en poco tiempo. Árbol de Diana (1962); Los trabajos y las noches, que se publicó en 1965; Nombres y figuras, en 1969; La Condesa Sangrienta, prosa, que apareció primero en México, en 1965, luego en la revista Testigo (marzo de 1966) y, finalmente, como libro, en 1971, por la Editorial Aquarius; Extracción de la piedra de locura (1968), y El infierno musical (1971).

El 5 de julio de 1972, internada en un hospital neuropsiquiátrico a causa de su depresión, escribió a su amiga, Yvonne Bordelois, una carta que nunca tuvo respuesta. En esa carta, Alejandra Pizarnik transmitió sus sentimientos: «Sé un poquito más, comprendo algo más; y sí, es tan terrible y viviente y vibrante esto que alienta en esto que ahora soy. No sé en qué me he convertido… Que desmemoria no te guíe».

En la madrugada del 25 de Septiembre de 1972, durante un fin de semana fuera de la clínica, Alejandra Pizarnik se suicidó con 50 pastillas de Seconal.

La importancia de Alejandra Pizarnik en la literatura argentina en particular, y en la literatura universal, radica principalmente en el efecto que produce en los lectores, más allá de las innovaciones literarias. Su obra suele despertar tanto ferviente admiración como rechazo visceral. Pero nunca indiferencia.

Desde el punto de vista literario, la obra de Pizarnik es única, tanto por los temas como por el tratamiento del lenguaje. De allí las dificultades de incluirla en un movimiento literario: se la califica tanto de poesía surrealista como neorromántica o humanista, sin que encuadre plenamente en ninguno de estos movimientos.

Quizás lo que mejor defina su obra sea la relación misma de Pizarnik con la poesía en general. En sus propias palabras: «por la literatura, yo he perdido la vida».

2

Hasta acá, una semblanza a vuelo de pájaro de la vida (conocida) de Alejandra Pizarnik. Y algunos renglones (más que generales) sobre su obra. El verdadero desafío comienza a partir del próximo párrafo: tratar de avanzar sobre la obra de Alejandra Pizarnik. Porque, en este caso particular, la vida y la obra de la poetisa se mezclan, se entrecruzan, se tornan inseparables y se hace imposible hablar de una sin aludir a la otra. Los mismos períodos de luz y oscuridad por los que atravesó en su vida son los que encontramos en su obra; las mismas dificultades para expresarse; idéntica locura, maravillosa y mortal; la imperiosa necesidad de escribir para salvarse de sí misma y del mundo que la rodea, para establecer su origen y su identidad (como persona y como escritora), para vivir a través del lenguaje y morir por él.

* * *

Alejandra Pizarnik es la poetisa de los extremos. Su vida-obra transcurre en un vaivén que la lleva de la euforia a la depresión, de la lucidez a la locura, de la luz a la oscuridad, del nacimiento a la muerte. Como un péndulo imposible, el vaivén se detendrá en uno de los extremos, la luz cada vez más lejana se transformará en tinieblas, luego en oscuridad. Y, finalmente, en la nada.

Los padres de Alejandra emigraron de Rovne, una localidad ruso polaca, y se afincaron en Avellaneda. Nacida como Flora, en su casa le llamaban Buma, el equivalente yiddish de Flora o flor, del Blum alemán. Blímele la llamaban en la Zalman Reizien Schule, la escuela hebrea donde aprendió yiddish y la historia del pueblo judío. Testimonio del sentido de pérdida del origen y la infancia será el cambio de Flora por Alejandra, cuando tenía alrededor de 17 años. Ese sentimiento se reflejará a lo largo de toda su obra poética, cada vez con mayor desgarramiento y menor esperanza de poder recuperarlo.

Alejandra crea, escribe, para buscar el origen, recuperar la época feliz, el regreso al jardín y al bosque, símbolos de un tiempo y espacio en que la identidad era unidad y la vida no era, aún, totalmente, un deslizarse hacia la muerte. El jardín como memoria: «Nadie puede salvarme pues soy invisible, / aún para mí que me llamo con tu voz. / En dónde estoy? Estoy en un jardín. / Hay un jardín» (1). Y otra vez: «Un claro en un jardín oscuro o un pequeño espacio entre hojas negras. Allí estoy yo, dueña de mis cuatro años, señora de los pájaros celestes y de los pájaros rojos» (2).

Alejandra expresa en varias oportunidades su identificación con Alicia, aunque en Pizarnik el país de las maravillas se transmuta en «país de lo ya visto»: «El viento pronuncia discursos ingenuos / en honor a las lilas, / y alguien entra en la muerte / con los ojos abiertos / como Alicia en el país de lo ya visto» (3). Pero Alicia puede entrar en el jardín y explorarlo, crecer o achicarse a voluntad. Alejandra, una vez expulsada de él,  ya nunca más podrá regresar.

El jardín quedará devastado con el fin de la inocencia, y la muerte comenzará a rondarlo, desde muy temprano, en su vida y su obra. «Y el jardín de las delicias sólo existe fuera de los jardines» (4), dirá. El bosque-jardín se iluminará con la tenebrosa luz de soles negros y estará habitado por pájaros muertos: «Pero un pájaro muerto / vuela hacia la desesperanza» (5). Soledad, oscuridad y muerte-suicidio serán temas que aparecerán a lo largo de toda su obra, como hilos conductores. Sobre el final, repetirá como una letanía la frase: «sólo vine a ver el jardín».

Ya desde un comienzo se entrelazan en su obra dos conceptos opuestos, pero unidos irremediablemente: la poesía es vida, posibilidad de salvación, pero a la vez es muerte, en tanto que la divide, la consume, la devora. Alejandra siente, intuye, teme esta disociación, y por eso los temas del espejo y el doble, que también encontraremos en incontables poemas: «El poema que no digo / el que no merezco. / Miedo de ser dos / camino del espejo: / alguien en mí dormido / me come y me bebe» (6).

El otro lado del espejo de Alicia es, para Alejandra, el paso definitivo hacia ese jardín de soles negros: “Deslumbramiento del día, pájaros amarillos en la mañana. Una mano desata tinieblas, una mano arrastra la cabellera de una ahogada que no cesa de pasar por el espejo. Volver a la memoria del cuerpo, he de volver a mis huesos en duelo, he de comprender lo que dice mi voz” (7). Y otra vez: «La que fue devorada por el espejo / entra en un cofre de cenizas / y apacigua a las bestias del olvido» (8).

Esta disociación, este sentirse ajena a sí misma, se reflejará en casi toda su obra, y al espejo se suman las máscaras: «Ahora / la muchacha halla la máscara del infinito / y rompe el muro de la poesía» (9). O en el poema «Caminos del espejo»: «Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste», y en «La Mesa Verde»: «¿Tendré tiempo para hacerme una máscara cuando emerja de la sombra?» Particularmente en la última etapa Alejandra ya no sólo expresa su «miedo de ser dos», sino que esa fragmentación de sí se hace palpable en la fragmentación del lenguaje, como podemos ver en «La bucanera de Pernambuco» (1970-71).

La fragmentación y disociación es también partida y transmutación. Alejandra expresa tanto el deseo de partir físicamente, como el de dejarse a sí misma para transformarse en palabra-lenguaje: «Partir / en cuerpo y alma / partir»  (10); «explicar con palabras de este mundo / que partió un barco de mí llevándome» (11); «Días en que una palabra lejana se apodera de mí»  (12).

La búsqueda del origen (asociado a la inocencia, la niñez y, por extensión, a la felicidad) tiene su equivalente poético en la búsqueda de la palabra. Alejandra Pizarnik se consumirá en la búsqueda de la palabra precisa, aquella capaz de transmitir lo esencial, de expresar la realidad. En una de las cartas que escribe a su analista, León Ostrov, explica el proceso con el que compone:

«Mis poemas los hago con mucha paciencia. Un poeta no tiene apuro, no debe. Un verso, una línea, la escribo palabra a palabra. Cada palabra la anoto en una tarjeta distinta. Las ubico en mi cama y comienza el trabajo. Voy moviendo las tarjetas como peones de un damero de ajedrez. […]. Con los pies voy tapando las palabras […] Fumo mucho, desobedezco. Ahora las tarjetas se han ensuciado de tanto taparlas y descubrirlas. Cada vez. Mi cuerpo se revuelve, hago el amor con la poesía, músculo a músculo, tarjeta a tarjeta».

Esa búsqueda de la palabra también era su salvoconducto: la posibilidad de “romper el muro de la poesía”, atravesarla, dominarla y, de ese modo, salvarse de la locura y la muerte. Como tantos otros poetas y escritores, finalmente descubrirá que la verdad, el absoluto, lo esencial, son incomunicables: «ella tiene miedo de no saber nombrar / lo que no existe» (13); «Y la soledad es no poder decirla» (14); «Te dimos todo lo necesario para que comprendieras / y preferiste la espera, / como si todo te anunciase el poema / (aquel que nunca escribirás porque es un jardín inaccesible. / –sólo vine  a ver el jardín–)» (15).

En sus últimos tiempos, Alejandra Pizarnik era una criatura nocturna. La noche era el refugio, el momento para encontrarse frente a frente, cara a cara, con la poesía; el momento de la creación, la intimidad, el ocultamiento, el silencio. Pero era también el momento en que la soledad y el miedo se hacían más palpables. Y más aún: la noche era símbolo de la muerte. Muchos poemas de Pizarnik tienen como protagonista a la noche, de principio a fin de su obra:

ALGO (16)

noche que te vas
dame la mano

obra de ángel bullente
los días se suicidan

¿por qué?

noche que te vas
buenas noches

De L’OBSCURITE DES EAUX (17)

«…Toda la noche espero que mi lenguaje logre configurarme. Y pienso en el viento que viene a mí, permanece en mí. Toda la noche he caminado bajo la lluvia desconocida».

De SOUS LA NUIT (18)

«Los ausentes soplan grismente y la noche es densa. La noche tiene el color de los párpados del muerto.»

De …AL ALBA VENID…  (19)

«La noche soy y hemos perdido
Así hablo yo, cobardes.
La noche ha caído y ya se ha pensado en todo».

Aunque la vida y obra de Alejandra Pizarnik eran una verdadera “crónica de una muerte anunciada”, intentó la salvación por la palabra, que para ella tenía un poder casi absoluto, en tanto creadora. En el poema Cenizas esto se refleja: «Hemos dicho palabras, / palabras para despertar muertos, / palabras para hacer un fuego, / palabras para poder sentarnos y sonreír […] Hemos creado el sermón […] Nos hemos arrodillado / y adorado frases extensas […] Hemos inventado nuevos nombres […]» (20).

Pero, finalmente, la imposibilidad de todo decir se impuso:

nunca es eso lo que uno quiere decir
la lengua natal castra
la lengua es un órgano de conocimiento
del fracaso de todo poema
[…]
y nada es promesa
entre lo decible
que equivale a mentir
(todo lo que se puede decir es mentira)
el resto es silencio
sólo que el silencio no existe

no
las palabras
no hacen el amor
hacen la ausencia (21)

Y en ese decir, inútilmente, todas las palabras, Alejandra se hizo ausencia.

Notas:
(1) «Piedra Fundamental», de El infierno musical, 1971.
(2) «Niña en jardín», de Textos de sombra y últimos poemas (corresponde a los años 1970-71).
(3) «Infancia», de Los trabajos y las noches, 1965.
(4) «Inminencia», de Extracción de la piedra de la locura, 1968.
(5) «Peregrinaje», de Las aventuras perdidas, 1958.
(6) Poema 14, de Árbol de Diana, 1962.
(7) «Caminos del espejo XIX», de Extracción de la piedra de la locura, 1968.
(8) Caroline de Gunderode, de Otros poemas, 1959.
(9) «Salvación», de La última inocencia, 1956.
(10) «La última inocencia», de La última inocencia, 1956.
(11) Poema 13, de Árbol de Diana, 1962.
(12) Poema 17, ibid.
(13) Poema 6, ibid.
(14) «Inminencia», de Extracción de la piedra de la locura, 1968.
(15) De Textos de sombra y últimos poemas, 1971-72.
(16) De Última inocencia, 1956.
(17) De El infierno musical, 1971.
(18) De Textos de sombra y últimos poemas, 1971-72.
(19) Ibid.
(20) De Las aventuras perdidas, 1958.
(21) «En esta noche, en este mundo», de Textos de sombra y últimos poemas, 1971-72.

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