Nembrot en el infierno – Pierre Joris

«Raphèl maì amècche zabi almi» dice Nembrot en el Infierno de Dante, con palabras enigmáticas, ofuscadas, oscuras, hasta incomprensibles, quizás. Pero, ¿qué es lo que significan? o ¿qué estrategias hay para interpretarlas?

En su ensayo “Nembrot en el infierno”, prólogo de Justifying the Margins / Justificando los márgenes, Pierre Joris evalúa la representación e interpretación de la figura de Nembrot en la Biblia y en la Divina Commedia de Dante. La traducción aquí presentada la realicé en colaboración con el poeta y traductor español, Mario Domínguez Parra.

Nembrot en el infierno
PIERRE JORIS

Mi padre era curandero y cazador. ¿Sorprende a alguien que yo me convirtiera en poeta y traductor? No escapamos de nuestras filiaciones: solamente quedamos más expuestos, mientras los territorios se mueven, mientras la cacería se aproxima. En una obra primeriza hablé de San Hubertus, santo patrón y protector de los cazadores, obispo de Lieja, al que también se invoca contra la rabia. Un Viernes Santo, mientras estaba de caza, se convirtió al cristianismo al ver un ciervo con una cruz de luces entre las astas–se supone que esto ocurrió en el oscuro bosque de Las Ardenas, es decir, justamente al norte de donde nació Arthur Rimbaud, y en un espacio que éste medía en largas caminatas.

Pero en Hubertus, o tras ese cazador al que se cristianizó demasiado fácilmente, se hallaba un cazador más antiguo: no ya un santo, sino una figura incluso más bíblica: Nembrot, «el primer poderoso de la tierra», cazador, poderoso cazador ante o contra Dios (dependiendo de la traducción). El Antiguo Testamento asocia a este gigante y poderoso cazador con el proyecto de Babel (cuyo reino incluía Bavel, en la tierra de Shinar, donde la torre sería construida) y por lo tanto con la cuestión de la lengua y de la traducción. No sorprende, como nos recuerda Giorgio Agamben, que Dante sitúe a Nembrot en su infierno (Inferno, XXXI), condenado a perder el lenguaje significativo. De esta manera, lo que habla el gigante en la Commedia no es la lingua franca (en aquella época el latín) ni la nueva lengua vulgar. Dante nos proporciona un verso en el que incluye las vociferaciones de Nembrot: «Raphèl maì amècche zabi almi». Los exégetas, desde Benvenuto hasta Buti, y en tiempos recientes Singleton, tienen la certeza de que estas palabras carecen de sentido. Unos cuantos, como Landino, sugieren que las palabras podrían ser caldeas, otros que pueden ser árabes, hebreas, griegas… Pero puede ser que el problema no sea ése en absoluto: las palabras que Dante pone en la boca de Nembrot son apropiadas, precisas en su intención con respecto a la lengua. En ese sentido, su significado es absolutamente claro: pretenden ser incomprensibles, ser el balbuceo de Bavel, la lengua que no puede ser traducida a cualquier otra lengua–y que por tanto, como ya sabemos, debe traducirse. Y sin embargo–el idioma de Babel fue la única lengua entendida por toda la humanidad, lengua que un comandante en jefe hizo añicos por envidia y como castigo por causa de la comunidad de los primeros humanos: siendo ya «divide et regna» la esencia de la ciencia política de Jehová. Entonces, o Nembrot recuerda la primera y unificada lengua de la raza humana que ya no conocemos, o habla en uno de los idiomas pos-babélicos, los que hacen que la traducción sea posible.

Pero sus palabras, sin importar en que lengua o no-lengua estén, son apropiadas en otro sentido: son el balbuceo, un babeo babélico, y así se conectan a bave, del francés babeo, baba. Una etimología falsa–pero ¿en realidad existen etimologías «falsas»? ¿Acaso no son ellas los motores cuyos fallos, más que sus suaves y transparentes giros lingüísticos, impulsan la poesía? Posiblemente una etimología falsa, entonces, pero una que introduce mucha excreción despreciada, sin la que no tendríamos lengua alguna. Y ahora que investigo la etimología de «bave», resulta que la palabra proviene del latín vulgar «baba», «voz onomatopéyica que expresa el balbuceo [le babil] de los niños». O de los gigantes. O de la única lengua universal que todos los humanos hablaron en el pasado, en su niñez lingüístico-genética. Ahora bien, este bave, esta baba, esta saliva activa (¿no se esconde la palabra «viva» en algún lugar de «saliva»?), como nos enseña la Encyclopedia Acephalica, de Georges Bataille, es «el depósito del alma: baba es alma en movimiento». Puesto que la baba acompaña a la respiración, «que puede salir de la boca solo cuando aquélla la permea». Porque «la respiración es alma, tanto es así que ciertas personas tienen la idea del “alma ante la cara”». Sin baba no hay respiración, ni alma, ni lengua—es el lubricante que hace que el pneuma sea inmanente. Pero es también, como sugiere la EA, lo que «tumba la boca de un golpe seco hasta el último peldaño de la escalera orgánica, prestándole una función de expulsión aun más repugnante que su papel de portón por el cual uno se atiborra de comida». Y sus connotaciones sexuales y manifestaciones eróticas permiten enturbiar cualquier clasificación jerárquica de los órganos. Otra vez la EA: «Como el acto sexual que se lleva a cabo a la luz del día, es puro escándalo, pues rebaja la boca— que es la señal visible de la inteligencia—al nivel de los órganos más vergonzosos…» El escándalo de niños y gigantes que hablan una lengua comprensible (o incomprensible) para todos, como el acto de escupir en público. Ni Jehová ni Dante son capaces de permitir que esto suceda. Aquél hace añicos la única lengua; éste recoge las palabras ya incomprensibles del gran cazador, Nembrot, pero las elabora, tiene que encajarlas en su lengua, limpia de baba.

Para Nembrot, la angustia lengüeada no va, ni puede ir, más allá del mundo dantesco, cuadra perfectamente con la topografía cósmica de su épica lírica. Es métricamente precisa y rima de manera exacta con «palmi», dos versos antes, y con «salmi», dos versos después. Gigante amable, que dice tonterías con palabras hermosas y divinas. No es sorprendente que el remilgado poeta latino quiera de Nembrot algo peor, al decirle: «¡Alma insensata, limítate a tu cuerno…», y al rechazarlo así: «Dejémosle a solas y no hablemos en vano, porque cada lengua es para él lo que la suya, que nadie conoce, es para los otros». Sin embargo el iracundo Nembrot caza todavía—el significado, y dice su significado.

Poeta, traductor: même combat! Seguimos cazando entre piedras, Dante persigue el lenguaje en De Vulgari Eloquentia (1), donde nos dice: «persigamos un lenguaje más apropiado… para que nuestra cacería tenga un sendero factible, primero erradiquemos del bosque los arbustos y zarzas enmarañados» (2). Pero la selva será siempre oscura, murmura Rimbaud en Las Ardenas, yendo a trompicones por el coto de caza de Hubertus, escapando de figura y lengua maternas (¿será por eso por lo que abandonó la poesía?) y se da en un dedo del pie, se va a África, atraviesa el desierto, el espacio abierto, sin selva oscura, sin necesidad de guías, ha aprendido las lenguas, este poeta nómade, que sabía que «la vida en el mismo lugar siempre le parecería espantosa», para seguir después traficando en lo desconocido, maestro de «la chasse spirituelle», una cacería que no cesa.

Esta mañana la homofonía del verso de Dante/Nembrot me suena así:

«Rough hell may enmesh ease, a be-all me.» (3)

Notas de Mario Domínguez Parra

(1) Dante escribió De Vulgari Eloquentia (En torno a la lengua común. Edición, traducción y notas de Matilde Rovira Soler y Manuel Gil Esteve. Madrid: Universidad Complutense, 1982) en latín. Los editores escriben lo siguiente sobre su traducción: «Como todo creador medieval, Dante intenta reflejar en su obra los aspectos más diversos del mundo que le rodea; el problema que plantea en este “tratado” es el de la capacidad del italiano (la lengua “vulgar”) de expresar todo lo que podía expresar el latín a nivel literario […] Parece ser que la mayoría de los exégetas ha considerado este texto como fundamentalmente teórico, como un modelo de discurso medieval que plantea uno de los problemas más agudos de la época: la existencia de dos idiomas: el latín como lengua culta, portadora de valores espirituales, y la lengua común, espontánea, que refleja lo cotidiano, lo vulgar de la vida en cada uno de sus momentos». Para leer la reseña completa del libro, se puede consultar el Portal de Revistas Científicas Complutenses:
http://revistas.ucm.es/fll/0212999x/articulos/RFRM8383110286A.PDF, p. 286.

(2) Traducimos del texto original de Joris, que a su vez modifica la traducción al inglés de la obra de Dante, hecha por Ronald Duncan.

(3) Una transcripción aproximada del sonido del original a través de Joris: «Rafael me henchís, ah viola en mí». «viola», en este caso, es el intrumento musical. Nos recuerda el método de Celia y Louis Zukofsky (compositora y poeta) que a la hora de traducir los poemas de Catulo quisieron, en ocasiones, reproducir el sonido de las palabras latinas en inglés (las mismas palabras de la lengua inglesa reproducen la pronunciación de las originales latinas), en detrimento en ocasiones del significado (la música del verso griego y latino queda fuera de las traducciones, ya que muchas de ellas están en prosa).

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